EL RINCÓN DE LA IMAGINACIÓN

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EL RINCÓN DE LA IMAGINACIÓN

Mensaje  eneita el Mar Feb 16, 2010 3:03 pm

Título:El rincón de la imaginación.
Autor:eneita.
Enlace a la crítica: comentarios aquí

Tipo: fantástica y relato corto.
Género: fantástico.
Personajes: Laura, don Quijote y el librero.
Ambientación: una ciudad.
Psinopsis:Laura es una chica normal, apasionada y lectora. Un día 23 de abril va a una librería llamada El rincón de la imaginación. Desde que entra, todo son sucesos extraños, hasta que ve dos libros que no había leído: Romeo y Julieta y Don Quijote de la Mancha. Entonces ve el precio, y no puede pagar los dos. Sin saber muy bien qué fue lo que la impulsa a coger el libro, roba el del escritor español, pero ya nada volverá a ser como antes.







Me vestí lo mejor que pude. Porque era el día más especial del año para mí: el día del libro.
Fue casualidad, tal vez, que dos de los grandes escritores (Cervantes y Shakespeare) murieran con unas pocas horas de diferencia. Un 23 de abril, ambos fueron enterrados. Es un mes para que la imaginación se desborde igual que las aguas de un río.
Mi nombre es Laura. Soy una chica de 12 años que vive con sus padres y su hermano mayor. Tengo el cabello negro azabache y rizado y los ojos verdes. Mi mayor sueño es tener una librería, igual que mi prima Rosa, que tiene la suya propia. No poseo amigos; mis únicos compañeros son los libros.
Ese jueves, 23 de abril, después del colegio, fui a una librería. Era una librería fuera de lo común, en una calle estrecha, liberada del gentío; un cristal transparente me separaba de los libros. Era vieja y mustia, igual que la rosa arrancada del jardín que muchos se regalarían aquel día. Entré, dejándome llevar entre los estantes, posando mi esmeralda mirada en los antiquísimos libros.
Hubo uno que me llamó especialmente la atención: era de tapa flexible, no muy gordo y sin editorial. Tenía un dibujo de un hombre y una mujer, en blanco y negro. Otro que había a su lado era grueso, tapa dura, también sin editorial. Una imagen de un caballero y un escudero a su lado. El primero, en letras níveas, indicaba: Romeo y Julieta. En el otro, con un título en gualda, ponía: Don Quijote de la Mancha.
¿Sería posible que los dos libros, perteneciendo a diferentes temas y autores, estuvieran en el mismo estante cuando sólo unas horas antes había recordado a ambos escritores? Parecían muy viejos, y eran polvorientos, pero, como dice mi madre “por lo bonito no se come”, y pensé que se podría aplicar a este caso.
Chasqueé la lengua después de mirar el precio. No tenía dinero suficiente para comprar los dos libros. Pero me hacían tanta ilusión…
Me dirigí al mostrador, escondiendo Don Quijote de la Mancha detrás mía, guardándolo envuelto en mi chaqueta. Allí, un viejecito de plateada barba de chivo y ojos grandes y grisáceos como el metal, me miraba tras unas gafas de culo de botella.
Me acerqué, preguntándome para mí por qué todos los libreros debían ser viejecitos:
-No tengo ni idea.
Me sorprendí al comprobar que la contestación venía de la boca del anciano, que era parecida a una cicatriz mal curada.
-¿Perdone? –me atreví a inquirir.
-Mi librería lleva abierta desde hace muchos años, por eso se llama El rincón de la imaginación. Desde mi juventud… -vaciló- lleva abierta, conmigo en el mostrador. Aunque creo que en realidad es mucho más antigua que eso.
-¿Cómo sabía qué era lo que pensaba? –tartamudeé.
- Se ve en tus ojos la llama de la duda, que es difícil de apagar si no se extingue con respuestas.
Enrojecí levemente. A continuación, le tendí uno de los libros junto al billete de veinte euros. El anciano depositó el dinero en la caja. Sacó unas monedas que tintinearon y brillaron igual que un reluciente sol y se deslizaron desde las apergaminadas manos del hombre hasta las mías.
Y me dio mi libro.
-Hasta luego –me despedí.
-Vamos, sal, tengo que cerrar –espetó el viejecillo, empujándome fuera.
Guardé el cambio una vez en la calle. Abrí el primer libro, el que había pagado: Romeo y Julieta. Allí había un ticket pequeño en el que ponía:
“El rincón de la imaginación”
23 de abril de 2009
Romeo y Julieta 19,75€
Total 19,75€

Gracias por visitar el lugar donde todo es posible.
A continuación, encontré una rosa roja, como el fuego encendido, aplastada entre las páginas y una nota en la que ponía lo siguiente:
Sé puro, como las páginas de un libro en blanco.
Sé creativo igual que su autor.
Sé lector, porque entre la fantasía y la realidad
el lazo está.
Sé libre y deja volar tu imaginación.
No desesperes, Laura, porque sé que algún día el libro robado a la librería volverá. No desistas y persigue tus sueños.
Feliz día del libro.
Después de leerlo volví a la tienda. Pero un cartel de “cerrado” me indicó que debía volver otro día.
Al año siguiente, con los libros ya leídos y tras infructuosos esfuerzos por devolver el libro robado, decidí volver a intentarlo el 23 de abril.
El día antes, preparé el libro, colocándolos en mi mesilla de noche. Regué la rosa que había encontrado en el interior de Romeo y Julieta, que extrañamente, todavía conservaba su vigorosidad y su color.
Todavía me resultaba sospechoso el asunto, por lo que decidí repasar lo ocurrido mediante una lista mental:
1. El librero sabía mi nombre.
2. Me había leído el pensamiento.
3. Me encontré el ticket y la rosa dentro de las páginas del libro y no le vi introducirlos.
4. La librería siempre estaba cerrada.
Al hacer este listado después de dos meses acudiendo a devolver el libro, me sorprendí de todos los sucesos extraños que habían ocurrido dentro y fuera del establecimiento.
Me dejé caer en la cama mullida. Me quedé un rato pensativa, mirando el techo. Realmente parecía imposible, pero, como en los libros, la vida se había transformado en un auténtico misterio. Un misterio sin desvelar, explotar o averiguar. Cerré fuertemente los ojos mientras cambiaba de posición, para hacerme ver que la vida no es como la pintan en los libros. Es real, absoluta y cercanamente palpable. Mañana devolvería el libro. Mi último pensamiento fue para el quisquilloso librero, antes de dejarme llevar por la corriente del sueño.
Al cabo de unas horas desperté sobresaltada por un ruido. Eran las 11.58 de la noche. El sonido, parecido a un ligero caminar, se distinguía en el silencio sepulcral. Con el corazón en un puño, me desasí de las mantas, cual serpiente de sus escamas. No me atreví a encender la luz. Salté de la cama como movida por un resorte, al oír los pasos más de cerca. Lo único que pude pensar fue en ladrones. Fui abriendo lentamente la puerta, para que no crujiera en la ausencia de sonido. Lo único que se escuchaba aparte de los pasos era el constante fluir de mi sangre.
En cuanto la puerta llegó al tope, pude ver, una figura pálida y ataviada con un vestido marrón. Estuve a punto de gritar.
-¿Y la posada? –preguntó con una sonrisa llena de inquietud.
Su rostro estaba enmarcado por una cortina de pelo enmarañado. Tenía labios finos y cejas muy pobladas. Sus ojeras era la única marca de oscuridad en su rostro.
-¿Quién eres? –inquirí mientras cerraba la puerta tras ella.
Ésta me miró y asintió fervientemente como si no hubiese escuchado mi pregunta. Y… de repente desapareció, dejando tan sólo una voluta de humo.
Me volví a mi cama, pensando que todo había sido producto de mi imaginación.
A las 12.59, sentí que me llamaban.
-¡Eh, niña! Despierta.
Parpadeé un par de veces, soñolienta. Sentí un vacío en el estómago y un frío intenso en el alma.
Me incorporé y vi a un hombre de cabellos negros y ojos oscuros, cuya mano atravesaba mi cuerpo, como si de un fantasma se tratase.
-¿Has visto a un hombre? Es muy alto y está entrado en años.
Intuyendo el cariz de la situación, me quedé quieta. Y, tal y como sucedió con la mujer, desapareció. Me quedé sola y muy asustada. Durante unos instantes, sólo se escuchó mi respiración entrecortada. En el mismo lugar donde había desaparecido, había una especie de polvo, igual que cuando se sopla sobre una superficie sucia. Como la cola de una estrella fugaz, igual que el polen sobre las flores.
Después, me acosté.
Aproximadamente a la hora siguiente, escuché un pasar de páginas, como si alguien rasgase el papel con una pluma.
Me incorporé por tercera vez aquella noche. Había alguien en mi cuarto: un caballo. Sus crines eran níveas, como la espuma. Y su pelaje, suave y corto, parecido al terciopelo. Con unos cascos delicados pero manchados y patas delgadas, se inclinaba sobre el libro, intentando masticar la pasta de papel que se formaba en su boca.
Y volvió a desaparecer, dejando sólo una voluta de humo.
Esta vez no me acosté, me quedé contemplando el papel arrancado. Así no podía devolver el libro, en tan penosas condiciones. Pero, no sabía por qué, estaba segura de que no debía quedarme con él.
De esta forma aparecieron más. Un burro, un hombre… conforme el minutero llegaba al número doce del reloj. Por lo que puse la alarma de mi reloj de muñeca a esa hora.
Rayando el alba, me fui de la habitación, con un extraño presentimiento, como si algo no estuviera del todo bien.
Me duché y desayuné. Seguidamente entré en mi habitación a por mi mochila. Entonces fue cuando sentí una presencia a mi lado, parecido al aliento en mi nuca. Lo único que pude hacer fue pensar en todo tipo de cosas. Cuando me volví, había un hombre. Tendría unos cincuenta años o más, con una barba espesa más larga por el mentón, plateada como un rayo de luz de luna. Tenía unas pobladas cejas sobre los ojos azules, como si el cielo más celeste o el mar más embravecido se reflejase en ellos.
-Buenos días tenga usted –saludó.
Hice acopio de todas mis fuerzas para cerrar la puerta. Mi sexto sentido (la vocecita que me indicaba lo correcto o lo incorrecto) me indicó que debía preguntar y después gritar; porque ¿qué hacía un hombre en la habitación de una niña?
-¿Quién es usted? –pregunté con todo el recelo posible y con voz ronca.
-Pues soy caballero de la Mancha. Don Quijote de la Mancha para usted.
Un pensamiento me golpeó con la fuerza de un mazo. ¿Don Quijote? Tuve un presentimiento. Todos los que habían aparecido… Dulcinea, Rocinante, Sancho Panza… sus nombres me vinieron a la vez. Provenían del libro, pero tenía la impresión de que había sido un sueño.
-Necesito un poco de agua –dije, al percatarme de que mis labios estaban secos. Me pasé la lengua por ellos.
¿No tenía que desaparecer ya, como los demás? ¿Acaso los otros personajes no habían estado entre dos o tres minutos?
Me fui a la cocina, no sin antes indicarle que no se moviese de allí. Pero me encontré con Ricardo, mi hermano mayor.
-Estás pálida –observó con esa sonrisa tan desagradable en los labios-. ¿Has visto un fantasma?
Estuve a punto de responderle que algo parecido, pero me callé. Aprovechando la oportunidad, dije:
-Me encuentro algo mal.
-Embustera -replicó él.
En ese momento apareció mi madre en la cocina.
-Mamá, me encuentro mal.
Mi madre se paró en el fregadero, a punto de coger un planto sucio.
-La verdad es que estás algo paliducha. ¿Tienes algún examen hoy?
Negué con la cabeza.
-Pero luego no vayas a ninguna librería para comprar algo. Sé que día es hoy. Es 23 de abril –me advirtió.
Asentí esta vez.
Tendría que ser muy malo mi aspecto para haber convencido a mi madre. Cuando me reflejé en el espejo, me devolvió la mirada una chica blanca como el papel y unas ojeras que enmarcaban mis ojos, como dos sombras cerniéndose sobre mí.
El problema es que Ricardo no trabajaba y no iba al instituto. Por lo que o me escapaba, o le decía lo del caballero. Me decanté por la primera opción. Cuando mis padres se fueron, Ricardo me informó de que se iba con sus amigos.
Después de que mi hermano partiera, me fui junto a mi extraño compañero y dije:
-Yo me llamo Laura.
A continuación le proporcioné ropa de mi padre. Tras esto, salimos a la calle, yo con el libro robado bajo el brazo. Ya en el exterior, el hidalgo señalaba los coches (caballos de metal para él). Caminé con aplomo y firmeza hasta El rincón de la imaginación. Esta vez estaba abierta. Entré, mientras las campanillas sonaban.
-Buenos días –me saludó el librero.
Me di cuenta de que ahora el establecimiento era más frío y oscuro que la última vez. Inspiré aire y comencé a contarlo todo, desde el robo, hasta ese mismo momento. La reacción del anciano fue bastante buena. Se limitó a abrir los ojos al máximo.
-Comprendo. No deberías haber robado ese libro.
Asentí con mi mayor arrepentimiento. Giré sobre mis talones… ¡pero el caballero no estaba! Me volví a un lado y al otro.
-¿Dónde está?
El hombre se encogió de hombros. Había estado todo el rato mirándome durante el relato.
-¡Tenemos que encontrarle! –exclamé, y me lancé a la carrera.
Busqué por todas partes, desde la plaza céntrica, hasta las calles de los alrededores. Me senté para pensar, exhausta. Un pensamiento estúpido vino a mi mente; yo era la que podía conocer los sentimiento de Don Quijote, porque había leído su historia. Intenté ponerme en su lugar; lo que yo más desearía es volver a casa.
Me dirigí, pues, a las afueras. Castilla-La Mancha estaba al este, por lo que fui hasta allí. Me lo encontré sentado en un banco, rígido por el frío.
-¿Sabes? –me dijo-. Sabía que me encontrarías.
-Si quieres volver a casa debes venir conmigo –y le di el libro que robé hace un año.
Él asintió, y al cabo de unos diez minutos llegamos a la librería. Me percaté de que eran las dos y cuarto. Debería estar en casa.
Entramos en el establecimiento, mientras el olor a papel se mezclaba con el de nuestro sudor.
-¿Estás preparado para volver? –preguntó el dueño de la librería a Don Quijote.
-Adiós, Laura. Ha sido un placer conocer a una persona que no me considera un loco.
Saqué el libro de Miguel de Cervantes. En cuanto lo puse en las manos del librero, Don Quijote despareció. Me hubiera gustado despedirme o preguntarle algo sobre su historia, pero no me dio tiempo.
-Ya está –anunció el librero-. Ya no es un libro robado, y la magia a la que estaba atado Don Quijote ha desaparecido.
Me sorprendí al ver que los ojos del librero parecían más jóvenes.
-¿Cómo sabía tantas cosas sobre mí y el modo de devolver a Don Quijote a su libro? –se me escapó.
-Hay cosas –contestó- que con el transcurso de los años se aprenden. Pero otras se pueden ver en la mirada, o simplemente con el instinto. No debiste haber robado el libro. ¿Qué es lo que te impulsó?
No supe qué contestar. ¿Por qué cogí aquel 23 de abril el libro sin pagar?
-No tenía suficiente dinero –respondí acobardada.
-Pero aún a pesar de eso lo hiciste. Y debes saber que un libro es como un ser vivo. Se rebeló contra ti y te mandó todos sus personajes, para que no lo volvieses a hacer.
Me quedé reflexionando. Sabía que era primordial escuchar. Necesitaba saber por qué Don Quijote había salido del libro.
-Y –continuó el librero- la noche del día del libro, es una noche muy especial. Porque todos los amantes de los libros saben, que ese día es el día en que los libros, al leerlos, despiden mayor realismo. Es una noche mágica. Por eso yo sólo abro ese día –me miró con una expresión indescifrable en los ojos-. Creo que te gustaría tener tu propia librería. Para eso sólo necesitas tres cosas: paciencia, tesón y un gran amor por los libros. Algún día podrás tener la tuya propia y abrir en el día del libro, ver las caras de las gentes al comprar un volumen y su sorpresa al encontrarse misteriosamente una rosa en el interior –sonrió-. Recuerda, los libros tienen alma, espíritu e inteligencia, un mundo dentro de hojas de papel.
En ese momento fue cuando finalizó la conversación. Me despedí de él, no sin antes dejar los libros de Don Quijote de la Mancha y Romeo y Julieta en la librería para que otro pudiese disfrutar de ellos. Al llegar a casa volví a regar la rosa, que conservaría durante toda mi vida.


Última edición por eneita el Lun Feb 22, 2010 9:01 pm, editado 1 vez

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Re: EL RINCÓN DE LA IMAGINACIÓN

Mensaje  eneita el Mar Feb 16, 2010 3:04 pm

Es un cuento para un concurso de tema libre... Ya está enviado.

eneita
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